Nelly Fonseca Recavarren
Nelly nació en La Libertad, Perú, en 1922 (algunas fuentes históricas fechan su nacimiento en 1920 y otras hasta en 1914). Muy joven, a la edad de nueve años, producto de un golpe a consecuencia de una caída por las escaleras, su columna vertebral se vio afectada, lo que al poco tiempo la condena a una silla de ruedas. Desde entonces cambia su nombre por el de Carlos Alberto Fonseca, viste con ropas de hombre, lleva el cabello corto y adopta una nueva identidad. Testimonios de personas cercanas afirman que en la última etapa de su vida, después de ser operada de un tumor, volvió a vestirse como mujer.
Su producción poética es amplia e incluyen títulos como Rosas matinales (1934); Heraldos del porvenir (1936); Luz en el sendero (1938), obra que fue premiada con la Medalla de Oro por la Municipalidad de Lima; El poema de América (1938); Voces de América (1940); Sembrador de estrellas (1942); Preludios íntimos (1945); Juan Carlos Croharé (1947); Herodes y Bethmoora, la que mira el mar (1949), entre otros poemas dramáticos. Asimismo, publicó Espigas de cristal y Raíz del sueño, ambos en 1955, bajo su verdadero nombre. Dejó inédito el libro Velero alucinado, que concluyó antes de morir (1963), aunque se extravió.
En todos sus poemarios, Nelly cultiva el verso modernista con un buen manejo de la rima y la métrica. En varios de sus textos se desarrolla una pequeña historia, en la que destacan la precisión de las metáforas. Además de poeta, Nelly sobresalió como periodista y promotora cultural. Fue galardonada con el Primer Premio y Medalla de Oro del VIII Certamen de Liniers de la República Argentina en 1937; obtuvo el Primer y Tercer Premio en Homenaje a la Madre Americana de La Habana en 1940. Es, además, autora del Himno Premilitar, el Himno del Rotary Club y el Himno a Barranco, distrito limeño en el que vivió toda su vida.
Nunca sabremos si este travestismo literario implicaba también un travestismo de la identidad, pero sí es claro que Nelly fue una persona valiente que retó a la sociedad de su época, nos legó su palabra y su convicción de creer en la vida, en la literatura y en la autenticidad de buscar lo que uno realmente desea ser. El misterio de su identidad seguirá siendo un secreto que el tiempo nos ha arrebatado, pero su imagen y su poesía podrá mantener vivo su recuerdo.
Compartimos uno de sus poemas como una invitación a leerla y conocer su obra:
Los últimos centauros
Aquel centauro estaba enamorado
Sin presentir de quién. La primavera
Desataba sus galas sobre el prado,
Y flotaba en el aire perfumado
Algo así como un hálito de hoguera…
Era el reclamo del Amor… Los seres
Rendíanse a su cetro de dulzura
Como al mayor poder de los poderes,
Y era todo suspiros y placeres
Y besos de pasión en la espesura
Los sátiros andaban al acecho
Tras el trémulo biombo del follaje,
Y su lujuria improvisaba un lecho
En las frescas guirnaldas del helecho
O bajo el verde toldo del ramaje…
Una explosión de cánticos y aromas
Envolvía al centauro enamorado…
Arrullaban su dicha las palomas,
Y hasta insinuaba el vello de las pomas
La suavidad de un cutis sonrosado…
Más de una vez con ojos envidiosos,
Junto a la fuente de serenas linfas,
Oyó un rumor de besos melodiosos,
Y presenció turbado los retozos
De los lascivos faunos y las ninfas…
Una tarde, también, en su camino
Sorprendióle una náyade desnuda,
Mas contuvo su impulso repentino
Temiendo herir el cuerpo alabastrino
Bajo el ardor de su caricia ruda.
En acecho una vez, furtivamente,
Se agazapó a la sombra de un peñasco,
Pero el tropel de ninfas, sonriente,
Huyó por entre el bosque floreciente
Ante el rítmico golpe de su casco.
Y él, que en la plenitud de su carrera
Desafiaba las cuadrigas de Eolo,
Humillado se vio, por vez primera,
Y, sin gustar ni un ósculo siquiera,
Hallóse al fin desorientado y solo.
Y al volverse, turbado todavía,
Divisó entre las frondas rumorosas
Otro joven centauro que reía
Con maligno destello de alegría
De sus frustradas ansias amorosas
Maliciosa y sutil, la risa aquella
Vibró como un escarnio en sus oídos,
Y, sintiendo burlada su querella,
Se arrojó con afán tras de su huella
Bajo los grandes árboles floridos
Huyó el centauro, díscolo y travieso,
Lanzando un grito retador y agudo,
Y, en la embriaguez del máximo embeleso,
Cruzaron ambos por el bosque espeso,
En un galope retumbante y rudo…
Cimbrábase los troncos a su paso,
Desgajábase el palo de las hidras,
Tronchábanse las ramas al ocaso,
Y saltaba un enérgico chispazo
Al golpe de sus pasos en las piedras…
Y así, en la loca exaltación del juego,
Salvaron sin sentirlo la espesura,
Y, envueltos en un hálito de fuego,
Siempre al galope, se lanzaron luego
Por el verde tapiz de la llanura…
Al ritmo de esa bárbara armonía
Despertábase el valle primitivo,
Y, el postrer alarde de energía,
Ya el sudor del esfuerzo humedecía
La grupa del gallardo fugitivo…
De pronto, como eslástica serpiente,
Vio surgir de los altos roquedales
La crencha luminosa de un torrente,
Donde prendía el sol resplandeciente
Su irisada peineta de cristales…
Y, en un impulso de arrogancia suma,
Precipitóse, en rápida carrera,
Y, venciendo el cansancio que le abruma,
Rompió los abanicos de la espuma
Hasta alcanzar la plácida ribera…
En pos de él, con deleite repentino,
Ya olvidado tal vez de su querella,
Llegó el otro centauro al remolino,
Y salpicando en polvo diamantino,
Cruzó, jadeante, por la misma huella…
Y, al pie de los pinares susurrantes,
Alcanzóle, rendido ante el asalto,
Y, el poder de sus músculos vibrantes,
Cayó sobre las ancas palpitantes
En la grácil parábola de un salto…
Y aprisionando el torso musculoso
Entre sus fuertes brazos juveniles,
Le miró desmayar, ebrio de gozo,
Al sentir sobre el cuello voluptuoso
La agresión de sus besos varoniles…

